Me cuenta una amiga que está preocupada porque, en conversaciones recientes con su hija, el suicidio es una palabra que aparece más de lo debido. La tranquilizo, es el sarampión de la edad, le digo, pero en realidad intento tranquilizarme a mí mismo: mis hijos también me cuentan, de vez en cuando, historias de amigos o conocidos que fantasean con la idea. El suicidio es una posibilidad rodeada de magnetismo para muchos adolescentes; la asocian a la idea de escapismo, de disolución, de acabar con todo, una acción radical muy propia del temperamento juvenil. No hay ahora, pienso, más suicidas jóvenes que en nuestra época. Y el halo de prestigio se mantiene intacto. Esta semana, conocimos la noticia del exlíder...
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