La crisis apenas se notó. Tres años después de admitir alumnas y dejar atrás su secular modelo de segregación, el colegio de San Ildefonso puso en 1984 a sus niñas a cantar los números y los premios del sorteo de Navidad. Sin cambios hormonales, ángeles sin sexo, manos y gargantas inocentes, las voces de unos y otras venían a sonar muy parecidas. Junto al sorteo de cada 22 de diciembre y las campanadas de Año Nuevo –también cantadas, a veces atragantadas–, la tercera pata emocional que aún sostiene la nación española es la selección de fútbol, cuyos goles berrean unos locutores que han hecho de sus proezas vocales, gallos incluidos, un género con entidad propia, tradicionalmente ejecutado por hombres, con...
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