Los caballistas que se horrorizaban el domingo con la pillería de Pablo Hermoso de Mendoza dando tres vueltas al ruedo al toro entendieron ayer la jugada. Si hay que ir pensando en que no se vea la hora final, el rejonazo o la estocada, cansemos al animal antes de empezar la faena . Y que se desplome de aburrimiento o del maratón de carreras circulares antes de que corra la sangre. Que por cierto el día del padre llegó abundante con los rejones de castigo de tan desafortunada colocación. Pero para desafortunadas las palabras del caballero navarro. A falta de ver la entrevista completa, ahí va la frase de marras que ha dado más vueltas al Twitter que el Nórdico de Bohórquez al redondel valenciano: «Las corridas tendrán que reinventarse eliminando la muerte del toro o que haya menos sangre». ¿Eliminar la muerte que luego será en el matadero? ¿Hipocresía en la Fiesta más verdadera? ¿Imposición de las nuevas moralidades? ¿Ceder ante los animalistas para que tras ocultar la muerte mueran también todos los tercios? Como si en Portugal no hubiera corriente animaloide... ¿O tantos fallos con el rejón que da las orejas tienen algo que ver? Sorprenden estas palabras de quien ha sido maestro y señor a caballo, para muchos el mejor de la historia hasta sus vetos -permitidos por las juntas administrativas de Bilbao y Pamplona- a Diego Ventura, que reina hoy. Donde le dejan, claro. Sorprende que las palabras vengan de una figura del rejoneo, un espectáculo que su público acoge con inmensa alegría -bienvenida sea- y cada vez más edulcorado, con esos pitones de tocomocho. Pitones reglamentariamente despuntados, sí, pero, hombre, ya vale de tanto homenaje al plátano de Canarias. Noticia Relacionada estandar Si Ni con muletas hay quien pueda con Diego Ventura Rosario Pérez El rejoneador, con fractura de peroné por un percance en México, sale a hombros en la matinal de Olivenza; Ferrera y Valadez cortan oreja a los de Victorino Sorprenden esas palabras, sí, como sorprendió (o no) la clase práctica en la que el caballero de Estella convirtió la matinal de Fallas. El presidente negaba a Guillermo Hermoso poner dos banderillas -que no y que no (que no se entendía la cerrazón)- y el hijo miraba al maestro. Y el maestro le decía que sí, que dos. ¿Qué hago?, se preguntaba el vástago. Una, decía el palco. Dos, decía Pablo. Y un par puso el heredero, que era el día del padre. Que al presidente lo conoció en la calle y el padre es su sangre. ¿Sangre? Con la iglesia hemos topado, Sancho...