En Madrid hay que cambiar la perspectiva. Desviar la vista y mirar al cielo, o quizá al horizonte serrano. Si se sigue esta consigna, el paseante verá cariátides, placas de muertos ilustres del sagastacanovismo, balcones con azulejos de Talavera y hasta una buhardilla donde la habitabilidad parece imposible. Todo esto es nuestra Villa, que es también ciudad de miradores, aunque algunos oriundos, cuando traen visita, insisten en eso: «Hay atalayas que parece que no lo son». Eso se dicen unos jóvenes con sano madrileñismo que van poniéndose morenos con el resol de la piedra berroqueña del Mirador de la Cornisa. Y todo junto a la estatua neocatecumenal de San Pablo, que parece mirarlos de reojo como de reojo vio la...
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