De Oriente a Occidente a través de los ojos de un niño
Hubo padres que no quisieron subir a sus hijos a las azoteas por el frío. A eso de las nueve de la mañana apenas se rozaban los cinco grados centígrados. Otros, pertrechados con mantas, abrigos, gorros de lana y guantes, se auparon a las azoteas en busca de la suerte y no la encontraron, con la consiguiente desilusión.
Estaban los que criticaban el recorrido alegando el clásico agravio comparativo entre barrios: «Nunca pasan por la Macarena pero no deja de hacerlo por Los Remedios», se pudo leer. Por eso, los organizadores trataron de hacer entender que todo dependía del viento, que no existe un volante que traslade al aparato voluntariamente de un punto a otro de la ciudad. Esta razón hizo que el vuelo empezara en San Pablo y acabara en El Copero.
Quienes sí tuvieron la suerte de ver pasar ambos globos pudieron compartir unas imágenes que se quedarán guardadas en los anales de la historia: la Giralda y la Catedral, la Plaza de España, el Rectorado de la Universidad, el Guadalquivir... Y, sobre todo, la expresión de sorpresa en las caras de los más pequeños, cuya ilusión es lo único en lo que pensó el Ateneo cuando se propuso organizar una actividad alternativa a la Cabalgata.