Si algo positivo puede extraerse del discurso de Quim Torra es que, a diferencia de sus predecesores en el cargo, éste no pretende engañar a nadie y por tanto nadie puede darse por engañado. Artur Mas jugó al gato y al ratón con el gobierno de España haciéndole creer, con notable éxito, que su deriva separatista era fruto de la necesidad, que, asfixiado por la escasez de recursos económicos, no tenía más alternativa que culpar al demonio de los nacionalistas: Madrit. La celebración del referéndum del 9-N, el ensayo general de lo que vendría después, debió haber despertado las complacientes conciencias de los hombres y mujeres que encarnan las instituciones nacionales para poner pie en pared, pero los hechos demuestran que no hay más ciego que el que no quiere ver. Su sucesor, Puigdemont, era más difícil de digerir en la capital del reino. No cabía duda de que era un separatista convencido, pero cual niños deseosos de creer en el ratón Pérez aún con todas las evidencias en contra, en el ejecutivo pensaron que nunca se atrevería a dar el paso decisivo. Además, por si se cumplían los peores pronósticos sobre el personaje, confiaban en el salvavidas de Oriol Junqueras, un hombre del que se colegía que nunca se atrevería a dar el famoso salto al vacío porque le sobraba la ambición para convertirse algún día en presidente de la Generalitat. Ya hemos visto las consecuencias.