‘Phoenix’: un filme sobre el trauma de la guerra concebido en un país sin ejército
Phoenix es una ópera rock de 34 minutos concebida en Costa Rica por los canadienses Bruce y Kenneth Callow. Narra la emotiva historia de un soldado que regresa a casa tras servir en una misión de paz de la ONU en Croacia.
Como en una película de Marvel, Phoenix cierra con una escena poscréditos donde aparece, brevemente, su propio creador. Empezar por el final obliga a una pausa, a una respiración compartida ante una obra en la que canciones nacidas de una vida real se entrelazan con archivo e imágenes generadas, como si la memoria y la invención hubieran acordado contar juntas una misma herida.
Costa Rica, país sin ejército desde 1948, se ha definido por su vocación de paz. Pero toda identidad luminosa proyecta también una sombra: la distancia cómoda frente a aquello que ocurre más allá de sus fronteras. Phoenix rompe esa distancia. La rasga suavemente.
Nos lleva al punto donde los soldados regresan, no como símbolos, sino como cuerpos atravesados por lo invisible.
La obra ha circulado en espacios culturales y educativos del país, incluyendo su transmisión en canal 15 de la Universidad de Costa Rica (UCR), y ha ampliado su alcance hasta aulas, cineforos y el debate público. En ese tránsito, la película deja de ser solo obra audiovisual y se convierte en un espacio de conversación colectiva.
La historia es la de Adam, soldado canadiense en Croacia en 1993, donde la palabra “paz” ya sonaba como una promesa fatigada. Allí, entre ruinas y misiones imposibles, comienza algo que no termina con el regreso. La película no narra el trauma: lo respira. Lo convierte en música, en fragmento, en deriva onírica donde la mente ya no distingue entre archivo y alucinación.
Cada espectador verá una película distinta. Pero todos, de algún modo, se enfrentan a la misma pregunta: ¿qué hacemos con la esperanza cuando esta ha sido puesta a prueba?
La trama explora los desgarradores intentos de Adam por superar el trastorno de estrés postraumático (TEPT), sanar sus heridas psicológicas y readaptarse a la sociedad civil.
Los cascos azules aparecen como un emblema suspendido entre ideal y realidad. Crecí escuchando sobre ellos a través de mi abuelo, veterano del Royal Canadian Signal Corps, quien aún creía en esa figura intermedia: alguien que entra en el caos no para vencer, sino para contenerlo.
Pero contener el caos no es salvarlo. Llevar el casco azul es entrar en lugares donde la moral se vuelve ambigua y el lenguaje se rompe. Aun así, incluso allí, un gesto mínimo puede sostener a otro ser humano por un instante.
De Suez a Ruanda, esa frágil arquitectura de esperanza ha sido puesta a prueba. En Ruanda, como recuerda Roméo Dallaire en Shake Hands with the Devil, la esperanza no fue suficiente. En Bosnia, tampoco. En los años 90, el mundo aprendió que la paz podía fallar sin hacer ruido.
Más tarde, las guerras llegaron a los hogares en forma de imágenes. Golfo Pérsico. Afganistán. Pantallas que devolvían soldados y ataúdes con una inmediatez que ya no permitía la distancia.
En mi propia historia familiar, y después en mi trabajo con personas sin hogar en Calgary, Canadá –muchos de ellos veteranos de guerra–, esa realidad dejó de ser abstracta.
Phoenix recoge esa experiencia sin explicarla. La transforma en sonido, en archivo, en animación, en canciones que parecen recordar lo que nadie quiere recordar del todo. Así, la vida de Adam se convierte en parábola: no sobre la guerra, sino sobre el regreso. Y el regreso nunca es simple.
La película se extiende hacia los conflictos que aún no han cerrado su herida: Ucrania, Oriente Medio, los niños soldados arrastrados a la violencia antes de comprender el lenguaje que la nombra. En los refugios de Calgary, he visto cómo la guerra llega incluso a quienes nunca estuvieron en ella: veteranos, refugiados, sobrevivientes de bandos opuestos, todos compartiendo la misma intemperie.
En ese cruce, Phoenix insiste en una tensión incómoda: la promesa del mantenimiento de la paz y su límite humano. El fénix que renace no es solo símbolo de esperanza; es también recordatorio de lo que ha ardido. La paloma y la gárgola no se oponen: conviven dentro del mismo descenso, especialmente cuando Adam se hunde bajo el peso del estrés postraumático, donde la mente ya no distingue entre vigilia y caída.
Y, entonces, la obra se detiene, como si pidiera algo más que interpretación. Tómese un momento. ¿Qué ve cuando piensa en el casco azul? ¿Qué siente cuando un veterano aparece en la calle, ya fuera del relato oficial, enfrentando adicciones o silencio? ¿Qué les debemos a quienes enviamos al borde del mundo en nuestro nombre?
La pregunta no es histórica. Es presente.
Desde un país que eligió no tener ejército, Phoenix no ofrece respuestas. Ofrece una insistencia: la paz no es un logro, sino una práctica frágil, diaria, inacabada. Incluso cuando la guerra ocurre lejos, sus consecuencias regresan caminando hacia nosotros.
La cuestión es si sabemos reconocerlas. Y si, al hacerlo, todavía somos capaces de responder.
Vea Phoenix en este enlace:
https://theveteranschannel.com/phoenix/
tyragan@outlook.com
Ty Ragan es psicólogo canadiense, escritor, conferencista y educador. Sobreviviente de trastorno de estrés postraumático (TEPT), crisis psicógenas no epilépticas (PNES) y un accidente cerebrovascular, su trabajo explora la pertenencia, el trauma y la reconstrucción de sentido.